Reflexión BLOQUE 5

Es la era del espectáculo, los escaparates, el “aparentar ser”, el “querer ser”,… Y no es que sea algo nuevo. El ser humano es un ser social y, por tanto, siempre ha querido encajar, aparentar, en definitiva, ser lo que se espera de ellos con el fin de ser aceptados. Como todo en la historia, estas pasiones y deseos han evolucionado y, en este caso en específico, se han multiplicado exponencialmente. Que vivamos con el escaparate más grande del mundo jamás creado en forma de teléfono móvil pegado al bolsillo de nuestro pantalón tiene, sin duda, algo que ver con esta crecida exponencial del mundo del espectáculo. Las relaciones humanas se han convertido en relaciones mercantiles y esto es un hecho que se ve reflejado tanto en la vida cotidiana como en nuestras redes sociales.


Gracias a la interacción y la colaboración que nos han otorgado a los usuarios la llegada de la web 2.0 se han generado nuevos sistemas de poder, formas de relacionarse y, en definitiva, vivir en sociedad, incluso llegando a extrapolar (o creando la necesidad de extrapolar) elementos de esta vida virtual a la vida física. Y no solo esto. El crecimiento de las redes sociales y su cada vez más presencia en nuestras vidas está, a parte de creando nuevas formas de relacionarse con aquello que nos rodea, provocando cambios en cómo nos relacionamos con nosotros mismos. Hemos empezado una tendencia al exhibicionismo de nuestra voz, imagen y, en general, de nuestra vida tanto social como privada.

Es complicado el rebatir el hecho de que la nueva sociedad en la que vivimos da una importancia extraordinaria e incluso exagerada a la imagen, a lo que proyectamos de nosotros mismos al mundo, de lo que queremos aparentar ser y no tanto de lo que realmente somos. Nos estamos transformando en espectáculo y, como lo definía Guy Debord, transformando el mundo mercancía y la mercancía en mundo. Es fácil relacionar los valores que supone este intercambio de imágenes entre individuos con los valores propios del capitalismo. Y es que vivimos en un mundo predominantemente capitalista en el que las principales potencias mundiales están formadas por países que exprimen el capitalismo a niveles extremos, lo que les otorga un poder de influencia y persuasión muy por encima del resto. En una sociedad en la que un sistema se basa primordialmente en estos pilares, es imposible no que éstos no se filtraran en la forma de ser y de expresarse de los ciudadanos de a pie. Como Tom Peters exponía, tenemos que ser conscientes de la importancia que tiene el crear una marca propia, de nuestro yo. Una manera de venderle nuestro propio ser al resto del mundo aunque eso implique tener que modificarlo para encajar mejor. Y esto es algo que inconscientemente reproducimos día a día para todo: a la hora de buscar un trabajo, a la hora de estar con nuestros amigos, a la hora de hacer amigos nuevos,… Estamos constantemente exponiendo una marca del “yo” cuidadosamente en cada aspecto de nuestra vida.


Al igual que nos exponemos en nuestra vida cotidiana, nos exponemos en las redes sociales. Puede que de forma incluso más artificial. Esto podría deberse a que detrás de una pantalla podemos otorgarnos el tiempo suficiente para meditar, cuidar y pulir la imagen que queremos que el resto del mundo tenga de nosotros. Y le dedicamos tanto tiempo e importancia a esta vida virtual debido a que en los últimos años ha adoptado una importancia desmesurada en nuestra sociedad. Hoy en día las redes sociales no solo sirven para intercambiar mensajes de texto con nuestros amigos y conocidos. Ahora las redes sociales sirven para ligar, exponer tu arte, llegar a un público enorme e incluso buscar trabajo, entre otras muchas funcionalidades. La vida virtual es un pilar tan fuerte en la sociedad actual que el no formar parte de ellas podría verse como el equivalente a no existir en muchos ámbitos. La proyección (normalmente idealizada y reconvertida para gustar y encajar en sociedad) de nuestras vidas que llevamos a cabo en estas redes sociales se ha convertido en parte esencial de nuestras relaciones. Considero que este hecho en sí no supone algo malo per se, al fin y al cabo las sociedades avanzan y con ello surgen nuevas maneras de comunicarnos y expresarnos. Sin embargo, esta vida digital que nos hemos creado sí parece que puede llegar a influir negativamente en nosotros. Como se ha mencionado antes, la proyección que hacemos del “yo” en internet lleva tras sí una meditación, una modificación, un tiempo de estudio, trabajo y remodelación anterior a la publicación, lo que nos permite crear una imagen “perfecta” (a ojos de la sociedad) e incluso nos permite incluso otras personalidades, explorar otros “yos”, interpretar un papel paralelo al que tenemos en la vida real. Las plataformas incluso propulsan estas acciones: Instagram o Snapchat a través de filtros y efectos permiten modificar tu imagen, idealizarla. En definitiva, crear un “yo” alternativo pero, ¿qué pasa cuando estos “yos” alternativos se encuentran con el “yo” real? Se puede llegar a una disociación del “yo” que nos afecte psicológicamente. Un ejemplo es la conocida “dismorfia de Snapchat”, es decir, un comportamiento que sufren las personas que sienten la necesidad de modificar su imagen quirúrgicamente para parecerse a la imagen que ellos proyectan de sí mismos en las redes sociales. Aunque se trate de unos casos extremos y aislados, es una forma visible de darnos cuenta de que esto se algo que nos puede afectar en niveles más bajos pero a los que no hay que dejar de darle importancia.


¿Cómo podemos luchar contra esto? Me es difícil sacar conclusiones o una manera idílica de actuar en el mundo del espectáculo. Se han creado referentes como los “influencers” que de manera directa o indirecta nos dicen cómo actuar y encajar. Al fin y al cabo ellos son los referentes de “éxito” y los que perpetúan los roles de ña sociedad del espectáculo. Al fin y al cabo, utilizando los términos de Serge Tisseron, hemos llegado a crear nuevas formas de identidad y de puesta en escena, dando lugar a la “extimidad”.

Para concluir, creo que es inevitable (y triste) afirmar que la sociedad actual se impulsa gracias a este espectáculo y que dejar de formar parte del juego es algo difícil, pues tiene sus consecuencias directas en nuestras vidas. Sin embargo, creo que como ciudadanos debemos ser conscientes de esta realidad y no rendirnos. Aprovechar las ventajas que nos proporciona las nuevas formas de comunicación, internet, las redes sociales y, en definitiva, la nueva vida virtual, pero ser críticos con las partes de ésta que puede llegar a afectarnos como personas en nuestro día a día. En conclusión, ser conscientes de que la vida va mucho más allá de la simple apariencia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Reflexión BLOQUE 4

LA VIDA IMAGINARIA DE TU TIME-LINE Y EL SESGO DE CONFIRMACIÓN